lunes, 20 de enero de 2014
LUISITO por Don Efrain Dorrego
Cuando a la Empresa, la representaba Strachan Shipping C° en Nerw York,
en el personal que venia abordo, para llevar al Comisario a la Aduana de
esa ciudad para jurar, no se que cosa,
venia un personaje llamado Luis C, "Luisito! un americano de origen
español, del cual me hice muy amigo. Despues de terminar los tramites
aduaneros, Luisito que era un neoyorquino criado en el Village, conocía
la ciudad como un guía, y íbamos a un recóndito bar de la 2da Av, a
tomar cerveza. En uno de esos mediodías, sentado en el bar,Luisito me
contó la siguiente anécdota.- Resulta que el jefe de el, en la Agencia
era un señor W, que también había sido su superior en la Guerra, donde
Luisito habia servido en el mismo regimiento. Este señor W, lo tenia
bien marcado a Luisito, que como buen latino, hacia de las suyas en el
empleo, así que decía" me tenia cagando en la guerra y ahora en la
agencia" y se reía. Bueno, el hecho es que , estando ellos en Alemania,
ya vencida, en un pueblo que no recuerdo el nombre, un pelotón, en la
que estaba Luisito que era sargento, estaba al mando de W, que era
oficial, creo que Capitán o Mayor y en el pueblo ya abandonado por las
tropas nazis, encontraron, en un sótano, un arcon con un millón de
dolares en oro. Luisito, lo encaró a su superior y le habló de repartir
esa fortuna entre los 6 que eran, y el Mayor W, lo castigó y entregó el
dinero a los superiores. Así que -dijo Luis- seguimos pobres por este
pelotudo, cuando podría tener mi bar y tengo que seguir aguantando a
este tipo, que me vigila, porque también cuando estaba en el ejercito me
escabullía de los trabajos pesados y el lo sabia.- Un personaje este
Luisito, que luego consiguió tener una" tienda de helados" -como el la
llamaba- en el Village que atendía su mujer, mientras en traspiraba la
camiseta en Stracham Shipping C° que estaba en el piso 38 de las
desaparecidas torres W.W.T Center en New York.-
RECUERDOS DE LA INFANCIA por Victoria Fiorenzi
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| PAPA Y YO |
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| CATAMARCA II |
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| CATAMARCA II |
viernes, 10 de enero de 2014
NIPONAS NOCHES DE PEDAL por JUAN SILVANO GUERRA
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| SAN JUAN |
| SAN JUAN |
“Donde
fueres, haz lo que vieres”
Popular
He trabajado en ELMA (Empresa Líneas Marítimas
del Estado Sociedad Anónima), cariñosamente conocida como “Mamá ELMA”.
Para mí, todo un orgullo, el haber pertenecido a una empresa de
navegación líder a nivel mundial, tanto en cantidad de barcos como en
importancia de cada una de sus cinco líneas, creada como empresa en sí,
por la primavera del año sesenta y disuelta, tras una larga agonía en el
año noventa y siete durante el gobierno del “Turco Vendepatria”. Esta,
breve, reseña es un homenaje a todos los que, de un modo u otro,
formamos parte de la empresa y está dedicado a ellos, pero no tiene
mucha relación con una experiencia personal que quiero narrarles.
Ahí vamos: -“Estamos en Argentina y acá, las cosa tienen que durar!”-
Decía La Yoli, de Lanús en una vieja peli mientras empujaba un 403
destartalado para que arrancara. Para mí, toda la vida, fue así, pero
cuando uno comienza a recorrer el mundo, se da cuenta que no todos los
pueblos, tienen la misma idiosincrasia. El consumismo japonés, en pro de
su industria, hace que la gente se desprenda de sus pertenencias por el
solo hecho de haberse cansado de usarlas o querer cambiarlas por algo
distinto desechando lo que, ya, no quieren como quien se deshace de un
trasto viejo. Por el motivo, explicado: quienes nos encontrábamos de
guardia, a bordo, esperábamos ansiosamente el camioncito del
“chatarrero” para ver que gangas nos traería, a un increíble precio que,
casi nunca superaba los diez dólares.
Promediaba diciembre de 1985,
crudo invierno, el “La Rioja”, un, moderno, buque de cargas generales
de construcción alemana, perteneciente a ELMA se encontraba en el puerto
de Kobe, al sudoeste de isla “Honshu”, la más extensa del archipiélago
de Japón. Uno de los países más importantes de la línea Oriente.
Me
encontraba enrolado como Pilotín de Máquinas, a la vuelta de ese viaje
(tres meses más) dejaría de ser cadete y recibiría mi título de Tercer
Maquinista Naval comenzando una nueva vida para mí.
A bordo, uno
siempre encuentra personas con las que tiene más afinidad que otras, los
tiempos son cortos, la soledad, la falta de afectos y la necesidad de
comunicación, en aquella época: sin celulares ni internet aun, hacen que
estas personas pasen a ser de inmediato la familia que uno tiene del
otro lado del mundo. Mi entorno íntimo en ese viaje se reducía a tres
personas: Marcelo Curiel, el Comisario de a Bordo, un tipo bárbaro, uno
de los hermanos que me dio la vida, han pasado treinta años y nos
seguimos frecuentando. Marcelito Sormani: Primer Oficial de Máquinas,
uno de los mejores maquinistas que conocí en mi vida, sin duda, un
referente durante toda mi carrera, un tipo 100% cerebral en el momento
de realizar su trabajo. Cierra la lista el “tordo” Roberto Bereziuk,
Medico de a Bordo, habilísimo a la hora de practicarle primeros auxilios
a quien sea, lo he constatado en carne propia cuando, debido a mi
inexperiencia, me quemé la cara con fuel oíl caliente, siempre de buen
humor y predispuesto a todo, un verdadero “loco lindo”.
Entre las
ofertas de artículos usados, lo de más demanda, eran televisores color y
lavarropas para el camarote, pero los cuatro, decidimos comprar lo
mismo, sin habernos consultado antes, algo que nos uniría para siempre y
nos haría recordar infinidad de anécdotas cada vez que nos
encontráramos: una bici! Para hacer turismo barato y transportarnos a la
vez que paseábamos conociendo, debido al alto precio de los pasajes de
bus y ni hablar de taxi puesto que, el cambio no nos favorecía en
absoluto. El camioncito llegó y cada uno, compró la bicicleta de su
agrado. Yo elegí una Shimano celeste con cuadro de aluminio rodado 29
con 14 cambios y freno a contrapedal, de bicis, no entendía nada, pero
me gustó y así fue que la adquirí por solo siete dólares. Cada uno de
los cuatro compro su bici y esa noche, en el taller de Máquinas nos
dedicamos a sacarle toda la mugre adherida con pringosidad rebelde a sus
colores y a sus cromados. Al cabo de dos horas, gomas infladas y
relucientes, quedaron como de exposición, una más linda que otra, solo
quedaba algo por hacer: montarse en ellas y ponerse en movimiento.
Cada uno se abrigó con lo que tenía, era más importante protegerse del
frío que fijarse si una prenda combinaba con otra o con el calzado,
nadie había llevado guantes, lo que nos obligó a utilizar, los siempre
salvadores, guantes de trabajo que no eran muy facheros pero
resguardarían nuestras manos del gélido frío oriental. Nuestros atuendos
eran lo mas payasesco que el lector pueda imaginar. Munidos de la
documentación transitoria (short pass) y unos yens para pagar una bebida
caliente durante alguna parada técnica; nos dispusimos a pedalear del
sector portuario hacia el centro de Kobe. Quedaba un tanto distante a
pie pero, para ir en bicicleta, era una distancia ideal. Lo primero que
nos encontramos en nuestro camino que nos llamo la atención fue un viejo
y pintoresco cementerio, el cual, permanecía con la puerta abierta por
la noche, sin dudarlo y sin detenernos sin detenernos a pensar si
ofenderíamos a alguien (la religión sintoísta es muy respetuosa con sus
difuntos), decidimos recorrerlo montados en nuestros “corceles”. El
lugar era muy bello, cuidado con buen gusto y con una iluminación que
permitía visualizar las prolijas tumbas y los pequeños mausoleos que
albergaban restos humanos. Uno estaba ornamentado por una hermosa
fuente con peces de colores. Otro era una especie de gran lápida de
mármol, escrita en su totalidad con ideogramas Kangis, lo cual denotaba
que quien o quienes descansaban allí, habían sido personas de abolengo.
El mausoleo que llamó la atención del grupo fue uno que tenía siete
pequeñas estatuas, cada una con una inscripción en su base; llegamos a
la conclusión, no sé si equivocada o no, que descansaban los restos de
siete personas, cada estatua de estas, poseía un molinete al que el
viento hacia girar y le daba un aspecto alegre. Marcelito, saco la
cámara para inmortalizar la escena y en el preciso instante que se
disparó el flash, los molinetes de detuvieron al unísono,
instantáneamente. Sin tener una explicación racional a lo ocurrido, nos
miramos y dijimos en coro: -“Vamos…!!!”- Salimos de ese cementerio con
la cadencia que los mejores ciclistas del mundo aplican al embalaje
final del Tour de France ante la atónita mirada de transeúntes que por
allí, pasaban. Un par de kilómetros más adelante, paramos para beber una
chocolatada caliente en una máquina de expendio y al conversar lo
ocurrido, los cuatro, nos dijimos no haber sentido miedo.
Se
acercaba navidad y como costumbre de a bordo, había que ponerle un
regalito en el árbol a alguien para el cual éramos su “amigo invisible”.
De ese modo, sorteo mediante, habría un regalito para cada uno en
Nochebuena.
Debíamos, comprar, cada uno, un regalito más los que se querían hacer en forma espontanea, yo, en total, compraría cuatro.
Todavía era temprano, llegamos al centro de Kobe y nos dirigimos a una
calle peatonal techada a guisa de “shopping al paso” llamada Motomachi
en ese lugar encontraríamos lo que teníamos pensado regalar. No había
mucha gente, algunas vidrieras estaban en preparación, adornos navideños
por doquier, luces y guirnaldas, algunas listas y otras por instalar,
en el piso de la peatonal había montones de guirnaldas que estaba
instalando una empresa en esos momentos. El “Tordo”, tipo ansioso, se
convirtió en una especie de líder de pelotón, aventajándonos porque iba a
una velocidad superior y distraído pues no dejaba de mirar vidrieras,
paso por encima de una guirnalda que simulaba ser de hojas verdes. De
pronto se escucho: crack! crack! crack!; no solo hojas conformaban la
guirnalda: también tenía lamparitas y Roberto sin darse cuenta había
roto una cuantas, sin percatarse de lo ocurrido, siguió, a buena
velocidad, su marcha. No hace falta doctorarse en japonés para saber que
cuando dos operarios de mantenimiento, saltan de un andamio gritando en
un tono que dista muchísimo de ser una conversación con los puños
cerrados blandiéndolos al aire: están protestando acaloradamente.
Detuvimos nuestra marcha y con el típico gesto de juntar palmas y
agachar la cabeza implorábamos clemencia en nombre de nuestro, torpe,
amigo. El tono de estas dos personas fue bajando a medida que se dieron
cuenta que éramos extranjeros con un alto grado de ignorancia en leyes
viales, señalando un cartel, nos mostraron que no se permitían
bicicletas en la Motomachi. El “Tordo”, en Babia, seguía pedaleando sin
mirar hacia atrás, ignorando lo que ocurría. En cierto momento, al ver
que iba solo, decidió mirar a retaguardia y se dio cuenta de que algo
fuera de lo normal ocurría, con rapidez, pedaleo los trescientos metros
que nos separaban y volvió por donde había pasado antes, -“Che! Pasa
algo?” dijo, cuando, de repente: crack! crack! crack!; volvió a
escucharse. Con los dos Marcelos, nos miramos y nos dimos cuenta que
había llegado el momento de emprender el Segundo Tour de France. El
“Tordo” nos siguió sin detenerse mientras se escuchaba a lo lejos todo
un rosario de protestas en japonés que nada lindo nos debían decir.
Faltaba una semana para Navidad y las compras las haríamos en el Soho,
acabábamos de resolverlo en ese, mismo, instante. Al parar en la plaza,
para descansar de este nuevo embalaje, al “Tordo”, le dijimos infinidad
de adjetivos calificativos, ninguno de ellos halagüeño.
Cenamos,
frugalmente, en Kentucky Fried Chicken, luego de pagar un “ojo de la
cara” decidimos retornar al buque, ya era la hora 22:30 y al otro día,
temprano, cada uno tenía que atender sus responsabilidades. –“Y si nos
volvemos por la autopista…???”- Preguntó Marcelo. –“Cual?”- Inquirí yo
con terror a perdernos. –“Aquella, la que corre al lado del Shinkansen
(tren bala): si la tomamos para el lado de Osaka, y bajamos en la
segunda rampa y estamos en el puerto. Llegaríamos antes de medianoche”- .
–“Dale!”- Dijimos los tres restantes tal como lo hubieran hecho Athos,
Portos y Aramis. Los cuatro, subimos con la velocidad de fuerza y
pasando cambios, logramos hacer que las bicis vuelen, por fin podíamos
probarlas en todo su potencial! Se comportaban tal cual habíamos
pensado!
En un momento se empezaron a escuchar sirenas que iban
aumentando su volumen –“Mucho orden en este país, pero acá también
ocurren accidentes!- Pensé. Las sirenas eran tres patrulleros, uno se
convirtió en líder del pelotón, el segundo se puso a nuestra derecha y
el último cerrando el mismo. El segundo móvil, comenzó a hablar por
megáfono con voz de locutor japonés. Los marinos somos personas que
poseen una velocidad de captación mucho más elevada que cualquier ser
terrestre. Del mismo modo que cambiamos de idea religiosa de ateo a
chupasirios en milésimas de segundo, medio de cualquier temporal; en
este caso, aprendimos japonés al instante, lo que el patrullero quería,
es que nos bajáramos de la autopista. Tas hacerle caso y pensando que
nada nos salvaría de pasar la noche en una celda nipona, al bajar la
rampa y para nuestra sorpresa: ningún patrullero nos siguió, ellos
siguieron en la autovía sin darnos importancia, su misión estaba
cumplida, ya habíamos bajado.
Tras hacer un pacto de silencio, pedaleamos hasta el puerto, subimos al buque y nos fuimos a descansar.
A la mañana, cada uno se ocupo en sus tareas fue una mañana ardua.
Hasta el Capitán estuvo atareado debió atender visitas de uniformados en
compañía de intérpretes de la agencia ya que, un militar japonés, jamás
habla en ingles, su orgullo se lo impide por lo ocurrido durante la
segunda guerra.
El almuerzo fue ameno, con Raúl, el Capi, se
navegaba bárbaro, conversamos acerca del mundial de México y sus
posibles candidatos. Al concluir, nos invitó a tomar el café a su
camarote. Sentado desde su escritorio, con su barba y cabello
entrecanos, taza de café humeante en mano y la sonrisa bonachona que lo
caracterizaba, no dijo: -“Muchachos: también fui joven como ustedes y
los comprendo muy bien. A partir de este momento, he tramitado un
servicio de combis, por favor, utilícenlo y guarden las bicicletas hasta
el próximo puerto porque bastantes cagadas han hecho en una sola
noche”-.
| EX SAN JUAN |
lunes, 4 de noviembre de 2013
ABANDONAN EN UN PUERTO AFRICANO UN EX BUQUE DE E.L.M.A.
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| GENERAL BELGRANO |
NO PUEDE VOLVER PORQUE TIENE DOS EMBARGOS Abandonarán en un puerto africano un buque argentino Está fondeado hace dos meses en un puerto de la República de Guinea · Sus diez tripulantes son argentinos y casi no tienen comida · En mayo tuvieron que repeler a hachazos un abordaje pirata |
EN PROBLEMAS. El General Manuel Belgrano vale tres millones de dólares. |
Un buque mercante de bandera argentina con sólo diez tripulantes, está a punto de ser abandonado por la tripulación -también argentina- en un puerto africano. El General Manuel Belgrano está fondeado hace dos meses en la rada exterior del puerto de Conakry, República de Guinea, y no puede partir de regreso porque tiene dos embargos.
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| GENERAL MANUEL BELGRANO |
jueves, 31 de octubre de 2013
PAMPA por Marcelino Vallejo Beck.
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| CORACERO |
Nunca nos acordamos de esos "tripulantes" que eran los mejores
compañeros a bordo.Los perros que habia en casi todos los buques.
Voy a mencionar uno fantastico del CORACERO,se llamaba PAMPA.
Hacia,preferentemente,la guardia de 0 a 4 en maquinas.
Tenia su chaleco salvavidas,hecho con panes de corcho forrados con
lona anaranjada y correas del mismo material.
Cuando tocaban zafarranco,corria al camarote de 2do.contramaestre
que tenia su salvavidas,se lo colocaba e iba rajando a los botes.
Cuando llegabamos a un puerto con estadia suficiente y se deshollinaba
una caldera.luego de bien fria, destapabamos el horno,y era el primero
en pegar un salto y meterse "a inspeccionar".
En general,y sobre todo en tiempos frios,se la pasaba en la maquina.
En puerto,permanecia varias horas en la planchada esperando a los que
venian de tierra,y algunas veces hacia excurciones "de perras",pero en
puertos Ingleses,ni se asomaba.No se porque sabia que las leyes en ese
pais son brabas para con los animales.
Por supuesto tenia toda la documentacion sanitaria al dia.
Una vez tuvimos que dejarlo en Roterdam para operarlo.Los tripulantes
se mataban para colaborar economicamente con los gastos que esto
demandaba.
Volvio en otro barco de la Empresa,en Bs As fueron dos tripulantes a buscarlo
ya que el barco que lo trajo estaba atracado bastante lejos.
Es indescriptible la alegria que mostro este perro cuando se reencontro con
su buque y sus "compañeros"
En una oportunidad estando en Rosario,salio de paseo y perdio el buque.
Comenzo a recorrer la ribera hasta que encontro otro buque de ELMA que
al igual que nosotros completaba carga en Baires.Llego dos dias despues
que nosotros,se tiro al muelle por la planchada y nos encontro enseguida.
Otra alegria para todos.
No los quiero cansar mas,pero tengo alguna anecdota mas del PAMPA.
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| CORACERO |
domingo, 27 de octubre de 2013
28 OCTUBRE 1973 COLISION RIO QUINTO Y BALISADOR USUAHIA
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| RIO QUINTO |
27 Octubre de 1973 el que les habla salio de Buenos Aires con 17 años recien cumplidos por primera vez a navegar en el buque Montevideo de Ivaran Lines. Imaginense primera noche a bordo con el ruido de esas maquinas y la vibacion del buque de dormir nada . alrededor de la 1 de la mañana del 28 abre la puerta del camarote mi viejo y me dice se hunde un barco , yo medio dormido y con el julepe del primer dia entendi se hunde el barco , sali del camarote en calconcillos y como rata por tirante, mi viejo me dice que haces' no decis que se hunde el barco , no se hunde un barco . fue la colicion del Rio Quinto con el Uauahia donde fallecieron 24 tripulantes del balizador . nosotros como buen barco griego no podiamos poner en marcha los botes asi que fuimos los ultimos en rescatar dos tripulantes. Se imaginan el jabon que tenia jorgito en ese momento pañales descartables jajajaja
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| USUAHIA |
viernes, 11 de octubre de 2013
RIO TEUCO Puerto de Saint John, Canadá, verano septentrional de 1987 por Horacio Insaurralde
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| RIO TEUCO |
Puerto de Saint John, Canadá, verano septentrional de 1987.
En ese viaje del poderoso “Río Teuco” se había reunido un lindo grupo
de Oficiales jóvenes, a los que se sumaban Pilotines y también un
pasajero ahijado de algún Gerente.
Esa mañana de domingo era radiante de sol, ideal para salir a pedalear hasta la ciudad, que estaba bastante lejos.
Apenas asomaron las bicicletas a cubierta los detuvo en el portalón un
canadiense serio y muy elegante, diciendo que era el Jefe de Seguridad e
Higiene de la terminal (título apabullante pero totalmente desconocido
para cualquier argento en esa época) y prohibiendo la salida de los
rodados. La causa era simple: las bicicletas habían estado en contacto
con tierra, barro, polvo, lo que sea, “sudamericanos” y por ello podían
contaminar el glorioso suelo canadiense con enfermedades y pestes
varias.
Los colegas llamaron al Oficial de Guardia, que
casualmente era este escribiente, por entonces con la mitad de edad de
la que tengo ahora, pero todavía con el doble de paciencia necesaria
para tolerar al máximo la estupidez humana.
Pacientemente
escuché las razones de Mr. Safety y le comenté que las bicicletas habían
rodado antes por puertos de sus inestimables vecinos sureños, como
Jacksonville, Savannah, Baltimore, Philadelfia y hasta la bendita Gran
Manzana.
Ante su persistente negativa, pregunté si se podía
solucionar el tema mediante una fumigación de las bicicletas, así que
apenas aceptó la propuesta, apareció como por arte de magia entre mis
manos un aerosol de Raid mata moscas y mosquitos, con el que procedimos a
rociar las ruedas, rayos, cuadros, el manubrio, el inflador y por las
dudas, hasta los timbres.
Apenas desembarcaron todos con sus rodados
legalmente descontaminados y el conforme del aguafiestas canadiense, le
entregué el tacho de Raid al Marinero de Guardia, pidiéndole que me
avisara si este tipo volvía a aparecer en cubierta.
Media hora
después efectivamente volví a la planchada, donde el Marinero había
impedido el libre paso de Mr. Safety. Me acerqué blandiendo el tubo de
Raid, agachándome y amagando rociarle sus relucientes zapatos de charol.
El hombre retrocedió de un salto, preguntando si me había vuelto loco.
Todo lo contrario, le dije, simplemente estaba tratando de
descontaminar sus zapatos para evitar que pudiera pisar la cubierta de
MI barco con tierra, barro y polvo canadienses, contaminados vaya uno a
saber con qué pestes !!
Naturalmente el tipo huyó despavorido
por la escala real y extrañamente en los días subsiguientes nadie más
se atrevió a acercarse al Teuco, ni siquiera para tratar de explicarnos
algún otro tema interesante sobre “Seguridad e Higiene”…
| RIO TEUCO |
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